He titulado este artículo así, porque la historia de la humanidad está ligada al viaje, al movimiento, al cambio, al contacto; no ha habido pueblo ni cultura que no se haya nutrido de viajeros y viajeras. Pero el viaje también es una construcción histórica, los avances en el transporte, el desarrollo tecnológico, las comunicaciones y las leyes han ido cambiando las formas y tipos de viaje en el tiempo.
La migración es sinónimo de movilidad humana, así de simple debiera ser tomada, la gente simplemente se mueve y desea irse a vivir a otro lugar, sin necesidad de que esto suponga la movilización de una serie de mecanismos administrativos, jurídicos y mecanismos sociales de discriminación, rechazo, soledad, ruptura, desarraigo que desencadena el viaje.
La dinámica migratoria ha dividido el mundo entre:
Países emisores (antes receptores) de población, cuyos viajeros y viajeras ven vulnerados en el país de origen sus derechos económicos, sociales y culturales y… deciden viajar…
Países de tránsito: en los que es más fácil evadir controles y visados, sirven de puente para un lugar u otro, países que desde diferentes esferas de corrupción ayudan a los viajeros a cruzar el puente entre uno y otro destino exponiéndose incluso a perder la vida.
La diversidad cultural ha contribuido al primado de la universalidad de los derechos humanos.
La experiencia migratoria puede ser diferente si los Estados actuaran en coherencia con los avances de protección a las personas, la migración puede constituirse en una experiencia de interculturalidad, en un modo de aprendizaje, de solidaridad e igualdad, la migración como retrato que es de la diversidad humana y de la unidad en el trato igualitario haría posible que el viaje volviera a ser lo que fue un nutrir de pueblos y culturas recíprocamente.